EL ODIO

Por Chema Castiello

FICHA TÉCNICA

Título original: La haine.  (Hate)
Francia (1995)
Dirección y guión: Mathieu Kassovitz
Productor: Christophe Rossignon
Producción: Les Productions Lazenne, Studio Canal Plus, La Sept Cinéma, Kasso Inc. Productions.
Fotografía: Pierre Aim.
Dirección artística: Giuseppe Ponturo.

Montaje: Mathieu Kassovitz y Scott Stevenson

Duración: 97 minutos.

FICHA ARTÍSTICA

Vicent Cassel: Vinz
Hubert Kounde: Hubert
Saïd Taghmaoui: Saïd
François Levantal: Astérix
Karim Belkhadra: Samir
Edouard Montoute: Darty
Solo: Santo
Marc Duret: Inspector Notre Dame
Héloïse Rauth: Sarah
Rywka Wajsbrot: La abuela de Vinz

PREMIOS:

Mejor Director Festival de Cannes de 1995
Premio de la Juventud Festival de San Sebastián (1995)
Premio Félix a la mejor película joven (1995)

 

SINOPSIS: Cruda fotografía de la sinrazón de una juventud para la que el futuro no existe. Veinticuatro trepidantes horas en la vida de tres jóvenes de un barrio marginal de París. La vida transcurre entre porros, idas y venidas a ningún sitio y la constante presencia de la policía. Retrato de una sociedad en tránsito hacia el desastre.

 

EL DIRECTOR: El parisino Mathieu Kassovitz (1970) tenía 25 años cuando rodó El Odio. Se trata de la obra revelación de un joven director que ya había logrado el reconocimiento de la crítica francesa con Métisse premiada en el Festival de París con el Premio Especial del Jurado. Se le puede contemplar como actor en Un héroe muy discreto, la falsa construcción de un pasado de resistente en la Francia ocupada. Carlos Boyero (1996) ha dicho de Kassovitz: "...demuestra poseer oído para pillar el argot de la calle, sensibilidad para captar el hirviente estado de ánimo de los jóvenes marginales periféricos, fuerza visual para expresar con imágenes poderosas ese volcán anímico".

 

HASTA AQUÍ TODO VA BIEN

A lo largo de los años 80 y 90, en la periferia de grandes ciudades como París, Lyon o Marsella se han ido sucediendo explosiones de violencia protagonizada por jóvenes: toda una generación crecida en en la contemplación de vídeoclips, música gamberra, invitaciones publicitarias al consumo y una cotidianeidad presidida por la más elemental ausencia de recursos.

Este contexto social se traduce en películas como Hexógone (Malik Chiane, 1994), État des lieux (Jean-François Richet, 1997), Zone franche (Paul Vechioli, 1996) o El odio, una suerte de representación de la oposición centro-periferia que no es sólo una oposición espacial, sino, además, la muestra de un conflicto social y cultural. Cahiers du cinéma saludó este tipo de cine en la medida que planteaba un retorno a la política. Para Konstantakos (1999) se trata de una mirada a la miseria del cuarto mundo que ha ido creciendo en el seno del mundo desarrollado y su confrontación con la riqueza, que aparece tan pronto como se deja el barrio para acercarse al centro de las grandes urbes.

En El odio, Mathieu Kassovitz trata la historia de tres jóvenes: Hubert, negro de origen africano, Vinz, judío y Saïd, árabe. Los tres viven en un suburbio parisino que despierta un día en estado de sitio tras las peleas entre jóvenes y policías, provocadas porque un joven árabe de dieciséis años se debate entre la vida y la muerte tras un interrogatorio policial.

El odio tiene antecedentes en la muerte en 1993 del árabe Makomé, de 17 años, muerto de un disparo mientras era interrogado por la policía. Kassovitz, activo participante en las manifestaciones de protesta que siguieron a aquellos hechos, recupera ahora el trágico incidente y hace un alegato antipolicía. En los disturbios de la noche anterior Vinz encuentra la pistola de un policía y el arma le otorga la posibilidad de un instrumento de justicia que decide utilizar en el caso de que su amigo, Abdel Ichach, fallezca. Fiel a una concepción judía del mundo que establece la necesidad de pagar con la misma moneda, Vinz no deja de repetirse que él matará un policía si Abdel fallece.

La película tiene dos momentos bien diferentes tanto por el ritmo de los acontecimientos como por los medios expresivos utilizados: luz del día, sonido estereo, barriada marginal, los jóvenes ven transcurrir sus vidas sin mayor aliciente que el paso del tiempo y el consumo de porros, atosigados por una policía que supone su único contacto con un estado en tránsito de lo asistencial a lo policial; movimientos de cámara y travellings sirven para dotar de realismo las escenas.

Sin embargo, las horas que transcurren en París, rodadas con métodos más clásicos: noche, cámara a mano, sonido mono y largas distancias focales permiten desencadenar una cascada de violencia donde los malos tratos que reciben en una comisaría y un encuentro con skinheads anuncian un trágico final.

La cinta es un retrato masculino, con ausencia casi total de la mujer, salpicada de notas de humor, rodada en blanco y negro, recuerda al espectador constantemente que no está viendo una película cómica sino un retrato realista e incluso hiperrealista pese a los frecuentes recursos estéticos muy cercanos al videoclip.

Pero por encima del tratamiento estilístico, El odio supone el retrato y la denuncia de una sociedad que construye el bienestar de unos pocos sobre la marginación y la ausencia de horizontes de una parte importante de la población. Los tres jóvenes se convierten así en parábola de toda una juventud corroída por el odio. Con claras influencias del director afroamericano Spike Lee, la violencia siempre parece a punto de estallar y su clima latente se mantiene a lo largo de toda la cinta entre una avalancha de palabras, de gritos, de gestos y de músicas. La vinculación con el cine de barrio estadounidense - hood movies - parece venir a indicarnos que llevamos camino de convertir los barrios marginales en una reedición del gueto. No obstante, se aprecia una diferencia notable, los problemas étnicos son sustituidos en el caso francés, donde los amigos poseen procedencias diversas, por la oposición social, incluso generacional. Careciendo de todo, de trabajo, de dinero, de ideales, lo único que cabe es caminar, constantemente, sin otro objetivo que el simple consumo de energías.

Acusada de incitación a la violencia, la película fue una premonición de la rebelión de los jóvenes franceses contra la política de Alain Juppé y de los disturbios que cruzaron el vecino país. El odio causó un gran impacto y generó una enorme polémica hasta tal punto que el primer ministro Alain Juppé organizó una sesión especial con su gabinete para ver la película.

Pueden establecerse relaciones de El odio con filmes como Haz lo que debas (Spike Lee), Historias del Kronen (Montxo Armendáriz), I vinti (Michalangelo Antonioni) o Samie y Rosie se lo montan (Stephen Frears), películas cuyo interés sociológico supera en ocasiones el fílmico, convirtiendo la reflexión sobre la juventud en un tema candente, hasta el punto de que un conocido pedagogo llega a afirmar que entre los principales recursos con los que contaría hoy un docente para actualizarse está el de acudir con más frecuencia al cine, y tomar nota del mundo de símbolos desde donde construyen su identidad los jóvenes de finales del siglo XX.

(Extracto del libro "Huevos de serpiente"
Autor: Chema Castiello.
Editorial Talasa, Madrid, 2001)