Enviado por Paloma García
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El País Domingo, 3 de
noviembre de 2002 |
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¿Dónde estamos?
Quiero decir algo, al menos, sobre el sufrimiento
que existe hoy en el mundo. La ideología del consumo, la más fuerte e
invasiva del planeta, se propone convencernos de que el dolor es un
accidente, algo contra lo que uno se puede vacunar. Ésta es la base lógica de
su crueldad. Todos sabemos, sin duda, que no hay vida sin
dolor, y todos queremos olvidar este hecho, o relativizarlo. Todas las
modalidades del mito de la Pérdida de la Edad de Oro, en la que no existía el
dolor, no son más que una forma de relativizar el dolor que se sufre en la
Tierra. Lo mismo que la invención de ese reino contiguo, el del sufrimiento
como castigo, el Infierno. Y que el descubrimiento del sacrificio. Y después,
mucho después, el del perdón, el más importante. Se podría decir que la
filosofía empezó con una pregunta: ¿por qué hay sufrimiento? Sin embargo,
hecha esta salvedad, el sufrimiento que se vive hoy carece, tal vez, de
precedentes. * Escribo en la noche, aunque es de día. Un día de
principios de octubre de 2002. El cielo azul ha brillado sobre París durante
casi una semana. Cada día anochece un poco antes y cada día la puesta de sol
es increíblemente hermosa. Tal vez próximamente las fuerzas militares
estadounidenses lancen un ataque 'preventivo' contra Irak, a fin de que las
grandes compañías petroleras norteamericanas puedan hacerse con unas reservas
de crudo nuevas y supuestamente más seguras. Escribo en la noche de la
vergüenza. * No me refiero a un sentimiento de culpa individual.
Empiezo a entender que la vergüenza es un sentimiento que a la larga corroe
toda capacidad de esperanza e impide mirar a lo lejos. Bajamos la vista, nos
miramos los pies y pensamos sólo en el paso siguiente. En todas partes, bajo muy distintas circunstancias,
todo el mundo se hace las mismas preguntas: ¿dónde estamos? Es una pregunta
histórica, no geográfica. ¿Qué estamos viviendo? ¿Adónde nos llevan? ¿Qué
hemos perdido? ¿Cómo vamos a seguir adelante sin una visión del futuro
medianamente plausible? ¿Por qué hemos perdido toda visión de lo que supera
la duración de una vida? Los expertos ricos responden: la globalización.
La posmodernidad. La revolución en las comunicaciones. El liberalismo
económico. Estos términos son tautológicos y evasivos. A la angustiada
pregunta de ¿dónde estamos?, los expertos apenas murmuran: ¡En ningún sitio! ¿No sería mejor ver y declarar que estamos
viviendo el caos más tiránico -por su poder de difusión- que haya existido
nunca? No es fácil comprender la naturaleza de esa tiranía porque su
estructura de poder (que abarca desde las 200 multinacionales más grandes
hasta el Pentágono) es compacta y cerrada, pero difusa; dictatorial, pero
anónima; ubicua, pero materialmente ilocalizable. Tiraniza desde un limbo
exterior, y no sólo en los términos de las leyes fiscales sino también de la
política, ya que no se somete más que a su propio control. Su objetivo es
despojar al mundo entero de sus raíces. Su estrategia ideológica -comparada
con la cual la de Bin Laden parece un cuento de hadas- es socavar lo que
existe hasta que se derrumbe y convertir entonces las ruinas en su particular
versión de lo virtual, un dominio, el virtual, cuya fuente de beneficios -y
éste parece ser el credo de la tiranía- será inagotable. Suena estúpido. Pero
las tiranías son estúpidas; y ésta está destruyendo la vida del planeta en el
que opera. A todos los niveles. Aparte de la ideología, su poder está basado en
dos amenazas. La primera es la posibilidad de que el Estado con mayor fuerza
militar del mundo se nos caiga encima desde el cielo. Se la podría denominar
Amenaza B 52. La segunda la constituye la deuda, la bancarrota, y de ahí que,
teniendo en cuenta cómo se establecen hoy en el mundo las relaciones de
producción, se la pueda llamar Amenaza Cero. * La vergüenza nace cuando uno se ve obligado a
protestar, a reclamar lo evidente: que gran parte del sufrimiento actual se
podría aliviar o suprimir si se tomaran unas medidas realistas y
relativamente sencillas (en algún lugar de nosotros mismos todos reconocemos
la obligación, pero la obviamos por pura impotencia). ¿Se merece nadie ser condenado a una muerte
segura sólo por no tener acceso a un tratamiento cuyo coste no llegaría a dos
dólares diarios? Esto se preguntaba el pasado julio la directora de la
Organización Mundial de la Salud. Hablaba de la epidemia de sida en África y
otras partes del mundo, la cual se estima que causará la muerte de 68
millones de personas en los próximos dieciocho años. Estoy hablando del dolor
de vivir en el mundo hoy. La mayor parte de los análisis y los diagnósticos
de lo que está sucediendo se hacen, lo que no deja de ser comprensible, en el
marco de una disciplina concreta: la economía, la política, la sociología, la
salud pública, la ecología, la defensa, la criminología, la educación,
etcétera. En la realidad, en lo que se está viviendo de verdad, todos estos
campos se unen en un campo único. Sucede que las personas sufren en sus vidas
las consecuencias de unos males que están clasificados en categorías
separadas, y los sufren de forma simultánea e inseparable. Un ejemplo de ahora mismo: los kurdos que
llegaron recientemente a Cherburgo, corriendo el riesgo de ser repatriados a
Turquía al haberles denegado el Gobierno francés el asilo político, son
pobres, ilegales, indeseables políticamente, carecen de un lugar al que ir y
no son clientes de nadie, no tienen quien los proteja. Y sufren todo ello al
mismo tiempo. Es necesario tener una visión interdisciplinar de
lo que está sucediendo, porque es necesario conectar esos 'campos' que
institucionalmente se mantienen separados. Y toda visión que intente
conectarlos será necesariamente política (en el sentido original de la
palabra). La condición esencial para pensar en términos políticos a escala
global es ver la unidad del sufrimiento innecesario que existe hoy en
el mundo. Éste es el punto de partida. * Escribo en la noche, pero no sólo veo la tiranía.
Si así fuera, probablemente me vencería el desánimo y no podría continuar.
Veo a la gente durmiendo, revolviéndose en la cama, levantándose a beber,
susurrando sus proyectos o sus miedos, haciendo el amor, rezando, cocinando
mientras duerme el resto de la familia, en Bagdad, en Chicago. (Sí, claro que
veo también a los cuatro mil luchadores kurdos que fueron gaseados -con el beneplácito
de Estados Unidos- por Sadam Husein.) Veo trabajar a los pasteleros de
Teherán, y veo a los pastores de Cerdeña, tenidos por bandoleros, durmiendo
junto a sus rebaños. Veo a un hombre en pijama en el Friedrichshain de Berlín
leyendo a Heidegger frente a una botella de cerveza, y tiene manos obreras;
veo una patera de inmigrantes ilegales en las costas españolas, cerca de
Cádiz; veo a una madre de Mali, llamada Aya, que significa Nacida en
viernes, acunando a su bebé; veo las ruinas de Kabul y a un hombre
volviendo a casa, y sé que, pese al dolor, el ingenio de los supervivientes
no se deja mermar. Es un ingenio que rebusca y recolecta energía, y estoy
convencido de que la incesante astucia de este ingenio encierra un valor
espiritual, algo semejante al Espíritu Santo. Estoy convencido, aunque no
sepa por qué. * El siguiente paso es rechazar el discurso de la
tiranía. Los términos que utiliza son basura. Democracia, Justicia, Derechos
Humanos, Terrorismo son los términos recurrentes en los discursos interminables
y repetitivos, en los comunicados, en las conferencias de prensa, en las
amenazas. Y cada palabra en ese contexto significa lo opuesto al sentido que
tuvo en algún momento. Se ha traficado con ellas y se han convertido en
palabras clave del código secreto de las mismas bandas que se las han robado
a la humanidad. La democracia es una propuesta (que raramente
llega a hacerse realidad) relativa al proceso de toma de decisiones. Lo que
promete es que las decisiones políticas habrán de tomarse tras haber
consultado a los gobernados y a la luz de la consulta. Su funcionamiento
depende de que los gobernados estén adecuadamente informados de las
cuestiones sometidas a decisión y de que quienes han de tomarla tengan la
capacidad y la voluntad de escuchar y de tener en cuenta lo que han oído. No
se debe confundir la democracia con la 'libertad' que proponen las opciones
binarias, la publicación de las encuestas de opinión o el amontonamiento de
los ciudadanos en cifras estadísticas, pues todo ello es precisamente el
material empleado para guardar las apariencias. Hoy las decisiones fundamentales, unas decisiones
que son las responsables del sufrimiento innecesario que existe cada vez en
mayor grado en el planeta, han sido y son tomadas unilateralmente, sin
participación o consulta abierta. ¿Cuántos ciudadanos estadounidenses, por ejemplo,
habrían dicho 'Sí' , de haber sido consultados, a la retirada de Bush del
Acuerdo de Kioto, en el que se intentaba poner freno a las emisiones de
dióxido de carbono que causan un efecto invernadero que ya ha empezado a
provocar inundaciones desastrosas en muchas partes del planeta y que amenaza
con causar aún mayores desastres en los próximos veinticinco años? Sospecho
que una minoría, pese al poder de los medios de comunicación para encauzar la
opinión. * Hace poco más de un siglo que Dvorak compuso su Sinfonía
del Nuevo Mundo. Cuando la escribió, era director de un conservatorio de
música de Nueva York, y la propia sinfonía le llevó a componer, ocho meses
después y todavía en Nueva York, su sublime Concierto para Violoncelo.
En la Sinfonía, las colinas que se pierden en el horizonte de su
Bohemia natal se convierten en las promesas del Nuevo Mundo. No es
grandilocuente, pero sí insistente y ruidosa, pues describe los anhelos de
quienes carecen de poder, de aquellos a quienes se denomina erróneamente
'pueblo llano', de aquellos a quienes estaba destinada la Constitución
estadounidense de 1787. Pocas obras de arte que yo conozca expresan de
una forma tan directa y, sin embargo, tan brusca (Dvorak era hijo de
campesinos, y su padre soñaba con que se hiciera carnicero) las creencias que
llevaron a una generación tras otra de inmigrantes a convertirse en
ciudadanos estadounidenses. Para Dvorak, la fuerza de esas creencias era inseparable
de una ternura característica, de ese respeto por la vida que se ve por
doquiera que se mire en la intimidad de los gobernados (a diferencia de los
gobernantes). Y con este mismo espíritu fue recibida la Sinfonía
cuando se interpretó por primera vez el 16 de diciembre de 1893 en el
Carnegie Hall. En una ocasión le pidieron a Dvorák su opinión
sobre el futuro de la música norteamericana, y él recomendó a los
compositores estadounidenses que escucharan la música de los indios y los
negros. La Sinfonía del Nuevo Mundo expresa un optimismo sin
fronteras, que, paradójicamente, es acogedor, pues gira en torno a la idea
del hogar. Una paradoja utópica. El poder del país que inspiró esas optimistas
esperanzas ha caído hoy en las manos de una camarilla de fanáticos (que
quieren limitarlo todo, salvo el poder del dinero), de ignorantes (que sólo
reconocen la realidad de su poder armamentístico), de hipócritas (que en sus
juicios éticos utilizan dos medidas, una para nosotros, otra para ellos) y de
crueles maquinadores que proyectan los B52. ¿Cómo ha llegado a suceder esto?
¿Cómo han llegado a donde han llegado Bush, Murdoch, Cheney, Kristol,
Rumsfeld etcétera... y Arturo Ui? La pregunta es retórica, pues no tiene una
única respuesta; y es ociosa, pues por ahora ninguna respuesta podrá hacer ni
la más mínima mella en su poder. Pero el hecho de que uno se la haga así en
la noche revela la enormidad de lo que ha sucedido. Estamos escribiendo sobre
el sufrimiento que existe hoy en el mundo. El mecanismo político de la nueva tiranía, aunque
para funcionar requiera una tecnología muy sofisticada, es tremendamente
simple. Usurpar las palabras Democracia, Libertad, etcétera. Imponer por
doquier, sin tener en cuenta los desastres que pueda provocar, el nuevo caos
económico con el que se enriquecen unos empobreciendo a otros. Garantizar que
todas las fronteras son de dirección única: abiertas a la tiranía y cerradas
a los otros. Y eliminar toda oposición por el procedimiento de denominarla terrorista. No, no he olvidado la pareja que se tiró unida
desde una de las Torres Gemelas, en lugar de quemarse separados. Existe un objeto que parece un juguete de
fabricación barata -no llega a los cuatro dólares- y que también es
indiscutiblemente terrorista. Se llama mina antipersona. Es imposible saber a quiénes mutilarán o matarán
estas minas, o cuándo lo harán. Hay más de cien millones esparcidas sobre la
tierra o escondidas bajo ella. La mayoría de sus víctimas han sido y serán
civiles. La mina antipersona tiene la función de mutilar,
más que matar. Su objetivo es crear tullidos, y la metralla que contiene -con
este objetivo ha sido diseñada- prolongará el tratamiento médico de sus
víctimas y lo hará más difícil. La mayoría de los supervivientes tiene que
pasar por ocho o nueve operaciones. Ahora mismo, todos los meses mueren o
quedan mutilados a causa de estas minas dos mil civiles. El propio término antipersona es
lingüísticamente asesino. No sólo incluye a todos los civiles,
independientemente de la edad, sino que también parece referirse a unas
acepciones de la palabra que hacen abstracción de la sangre, los miembros, el
dolor, las amputaciones, la intimidad y el amor. Así es como estas dos
palabras, unidas a un explosivo, se vuelven terroristas. La nueva tiranía, al igual que otras también
recientes, depende en gran medida de la violación sistemática del lenguaje.
Juntos hemos de reclamar las palabras que nos han sido secuestradas y
rechazar los nefastos eufemismos de la tiranía; si no lo hacemos, sólo nos
quedará la palabra vergüenza. Pero no es una tarea fácil, pues la mayor parte
del discurso oficial es figurado, asociativo, vago, lleno de insinuaciones.
Pocas cosas se dicen claramente. Los estrategas militares y económicos saben
que los medios de comunicación juegan un papel crucial, no tanto en vencer a
los enemigos actuales como en excluir y prevenir el amotinamiento, la
protesta o la deserción. La manipulación de los medios de comunicación por
parte de cualquier tiranía es un índice de su miedo. La actual vive
atemorizada por la desesperación del mundo. Un temor tan profundo que el
adjetivo desesperado -salvo cuando significa peligroso- no se utiliza apenas. * Sin dinero todas las necesidades cotidianas se
convierten en un sufrimiento. * Quienes nos han hurtado el poder -y no todos
ellos están en el Gobierno, de modo que cuentan con la continuidad de ese
poder más allá de las elecciones presidenciales- nos quieren hacen creer que
están salvando al mundo y ofreciendo a su población la posibilidad de
convertirse en sus clientes y quedar bajo su protección. El consumidor es
sagrado. Lo que no añaden es que los consumidores sólo importan porque
generan beneficios, que es lo único que es verdaderamente sagrado. Y en este
juego de manos se encuentra el quid de la cuestión. La afirmación de que están salvando al mundo
enmascara su perfecto conocimiento de que grandes zonas del mundo -la mayor
parte del continente africano y una parte considerable de Suramérica- son
irredimibles. En realidad, cualquier rincón del planeta que no pueda integrarse
en su centro es irredimible. Ésta es la conclusión inevitable del dogma de
que la única salvación es el dinero y de que el único futuro global es aquel
en el que ponen sus prioridades, unas prioridades que, por más que quieran
adornarlas con falsos nombres, no son ni más ni menos que sus
beneficios. Quienes tienen unas visiones del mundo que no
coinciden con ésta o unas esperanzas distintas, junto con quienes no pueden
comprar y quienes sobreviven día a día (aproximadamente unos 800 millones)
son anticuadas reliquias de otra era, o, cuando resisten, ya sea
pacíficamente o haciendo uso de las armas, terroristas. Son temidos como si
anunciaran la muerte, como si fueran portadores de la enfermedad y la
insurrección. Cuando hayan sido 'reducidos' (una de sus
palabras clave), el mundo estará unido, asume, en su ingenuidad, la tiranía.
Necesita la fantasía de un final feliz. Una fantasía que, en realidad, será
su perdición. Toda forma de protesta contra esta tiranía es
comprensible. El diálogo es imposible. Para poder vivir y morir como es
debido, hemos de llamar a las cosas como es debido. Reclamemos las palabras
que nos han robado. * Esto ha sido escrito en la noche. En la guerra,
la oscuridad no está del lado de nadie; en el amor, la oscuridad nos confirma
que estamos juntos. |